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El Rincón de Wallenstein

03/10/2006 GMT 1

Filmografía predilecta: tan sólo, sugerencias.

markuswaldstein @ 07:18

Blade Runner, la película de cabecera del tío Wally.

En 1982 Ridley Scott, casi sin saber como, se encontró con el guión de su vida y parió una película que, junto con Ciudadano Kane, del iluminado Welles, marcaría un antes y un después en la historia del cine y del modo de pensar de este final de siglo.
Con Blade Runner, no sólo se inauguraría la estética ciberpunk (véase su correlato con el Neuromante de Gibson en literatura predilecta) con sus enormes ciudades de soledad y desarraigo, o se retrataría fielmente la sociedad de los neones y su barroca iconografía nipona y oscurantista, sino que le daría qué pensar al consumidor del cine de masas, aún cuando este, para variar, ni siquiera llegara a darse cuenta de ello y se limitara a decir: Güeno, otra de androides y polis duros.
Pero para corroborar las anteriores aseveraciones del tío Wally en primer lugar, lógicamente, sugiero el visionado de esta peli (en su versión inicial, por supuesto, porque el director´s cut que haría Scott doce años después, es una patata de impresión) y, a continuación, como ejercicio existencialista muy enriquecedor, sugiero igualmente verse de cuatro a doce veces (y en pequeñas dosis asimilativas) la inolvidable escena final de la que, para ir abriendo boca, se transcribe a continuación su parte del guión original en castellano:

[ Roy, el Replicante —Rutger Hauer en el papel de su vida— toma una paloma. Salta prodigiosamente. Observa el sufrimiento de Deckard, a punto de caer al vacío ]

Roy: Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.

[ Deckard cae, pero Roy logra sujetarlo en el último momento. Lo levanta en vilo y lo deja sobre la azotea ]
Roy: (perla cinematográfica donde las haya)
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir.
[ Roy muere. La paloma sale volando hacia el cielo ]

Deckard (voice-over): No sé por qué me salvó la vida. Quizás en esos últimos momentos amaba la vida más de lo que la había amado nunca. No solo su vida; la vida de todos, mi vida. Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: de dónde vengo, adónde voy, cuánto tiempo me queda. Todo lo que yo podía hacer era sentarme allí y verle morir.
Gaff: Ha hecho un buen trabajo, señor. Supongo que ya está acabado.
Deckard: He acabado.
Gaff: Lástima que ella no pueda vivir. Pero, ¿quién vive?

Me quito el sombrero ante este peazo de poesía que pocas veces la industria del dólar mediático ha sido capaz de pergueñar. Pero, por supuesto y para no perder la sana costumbre del tío Wally; un enlace. Les sugiero que se pasen por la siguiente güeb donde un colega de afición cinéfila les ampliará con creces todo lo que deseen saber sobre la susodicha obra maestra. Pinchen, y disfruten: http://www.geocities.com/Hollywood/Boulevard/7920/


El Último Valle, de James Clavell, 1976.

Con Michael Cane y Omar Shariff. Una muy recomendable ambientación del periodo monográfico de esta güeb: La Guerra de los Treinta Años. Un puñado de mercenarios deserta del ejército de Bernardo de Sajonia-Weimar y decide pasar el invierno en un valle que parece ajeno a la barbarie que se desarrolla más allá de las montañas que lo encierran. Un profesor superviviente del episodio más triste de aquella triste guerra, el saqueo de Magdeburgo, intenta mediar entre las gentes del pueblo y aquella pandilla de bárbaros que irrumpen como elefante en cacharrería en aquella especie de paraíso.


Por ahora, abro sección con estas joyas, y les añado en post aparte al bueno y vilipendiado del tío Alatriste cinematográfico. Pero poco a poco iré largando algunos más, que la lista, viniendo de quien viene, es larga, laaaaaaarga.

De todos modos, aunque el tío Wally siempre tenga sus preferencias - como todo hijo de vecino - les recomiendo que se traguen todo el cine que puedan... sí, sí, incluso esas pelis en las que una bolsa de músculos con un trozo de esponja por cerebro se carga con una ametralladora de dos toneladas a todos los extras de ojos rasgados, o cara de ruso (ahora también se ha puesto de moda que lleven turbante) que se le cruzan por delante o detrás, arriba o abajo.

Lo dicho, traguen de lo que sea, pero mastíquenlo antes y no pierdan el ojo crítico que se supone tenemos todos un poco más adentro de donde estan los ojos al uso clásico. Saquen siempre la esencia y la enseñanza hasta de las cosas más toscas, simples y encefalogramaticoplanas, y que les aproveche... porque de veras, siempre hay algo de lo que sacar provecho.
¡Qué bello es el cine!

¡¡¡Uhmm, sí, me gusta a mí. Uhmm, sí, te gusta a ti!!! (Canción de marcha del pelotón en Full Metal Jacket, de Kubrick, el irregular; una peli ¿antibelicista?)

26/09/2006 GMT 1

Sobre la época: La Guerra de los Treinta Años - Una aproximación a una de las peores guerras sufridas por la vieja Europa

markuswaldstein @ 09:22

En realidad no fue una guerra en sí, sino una serie de conflictos europeos que se extendieron desde 1618 hasta 1648, en los que participaron la mayoría de los países de Europa occidental, y que en su mayoría se libraron en Europa central.
Al principio, la lucha tuvo sus orígenes en el profundo antagonismo religioso engendrado por la Reforma protestante. La animosidad religiosa, sobre todo entre los partidarios de las facciones protestantes y católicas que estaban enfrentadas, extendió la guerra y fue un factor decisivo en fases posteriores. Sin embargo, según la guerra iba ganando impulso, su carácter cambió, primando las rivalidades dinásticas de los príncipes alemanes y la determinación de ciertas potencias europeas, sobre todo Suecia y Francia, de frenar el poder del Sacro Imperio Romano Germánico, que por entonces era el principal instrumento político de la familia Habsburgo. Los odios religiosos, que llevaban encendidos más de medio siglo, estallaron, a partir de 1618, en la guerra de los Treinta Años. En cierto modo, esta situación se debía a la fragilidad de la Paz de Augsburgo, un acuerdo firmado en 1555 entre el emperador Carlos V y los príncipes luteranos de Alemania. La guerra, uno de los conflictos más destructivos en la historia europea, ha sido dividida por la historiografía en cuatro fases.

Fase palatino-bohemia

Las tensiones religiosas en los principados alemanes se vieron profundamente agravadas durante el reinado del emperador Rodolfo II de Habsburgo (1576-1612). En muchos lugares de Alemania fueron destruidas las iglesias protestantes, se impusieron limitaciones a la libertad de culto y los oficiales del emperador convirtieron el Tratado de Augsburgo en la base de un resurgimiento general del poder católico. Con la creación (1608) de la Unión Evangélica, una alianza defensiva de príncipes y ciudades protestantes, y de la Santa Liga Alemana (1609), una organización similar formada por los católicos, se hizo inevitable la crisis. La facción bohemia de la Unión Evangélica lanzó el primer ataque. Ultrajados por las agresivas políticas de la jerarquía católica en Bohemia, los protestantes, que eran mayoría de la población en esta región, exigieron la intervención de su rey, el futuro emperador Fernando II de Habsburgo; éste, ferviente católico y presunto heredero de la Corona del Sacro Imperio, ignoró la petición protestante. El 23 de mayo de 1618, los protestantes de Praga invadieron el palacio real, capturaron a dos de los ministros del rey y les lanzaron por una ventana. Este acto, conocido como la Defenestración de Praga, supuso el comienzo del levantamiento nacional protestante.
Los rebeldes alcanzaron un gran éxito inicial, y la revuelta se extendió rápidamente a otras partes del Imperio; a principios de 1619, incluso Viena, su capital, se vio amenazada por los ejércitos de la Unión Evangélica. A finales de ese año, los bohemios concedieron la corona del depuesto Fernando a Federico V, elector del Palatinado. A partir de ese momento, diversos sectores de la Unión Evangélica, formados principalmente por luteranos, se retiraron de la lucha, dado que Federico, aunque protestante, profesaba el calvinismo. Aprovechando las disensiones protestantes —en concreto, la declaración de guerra hecha por la Sajonia luterana a Bohemia— y la invasión española del Palatinado, Fernando, que se había convertido en emperador en agosto de 1619, rápidamente asumió la ofensiva. El 8 de noviembre de 1620, un ejército de la Liga Católica, a las órdenes de Jean t'Serclaes, conde de Tilly, derrotó a los bohemios en Wiesserberg (batalla de la Montaña Blanca), cerca de Praga. Tras esta victoria se produjeron sangrientas represalias contra los protestantes de Bohemia y se prohibieron sus actividades religiosas. Aunque la Unión Evangélica se disolvió, Federico y algunos de sus aliados continuaron la lucha en el Palatinado. Los protestantes derrotaron al ejército de Tilly en Wiesloch (abril de 1622), pero a partir de entonces, se enfrentaron a sucesivos desastres. A finales de 1624, el Palatinado, que había sido concedido a Maximiliano, duque de Baviera, retornó a manos católicas.

Fase danesa

La segunda fase de la guerra adquirió una dimensión internacional cuando varios estados protestantes alemanes solicitaron ayuda extranjera para enfrentarse al Imperio. Inglaterra, Francia y otras potencias de Europa occidental, se alarmaron por la creciente fuerza de los Habsburgo, pero Francia e Inglaterra (entonces aliadas frente a España) se abstuvieron de intervenir de forma inmediata debido a sus dificultades internas. Sin embargo, Cristián IV, rey de Dinamarca y Noruega, sí acudió en ayuda de los protestantes alemanes debido principalmente a consideraciones no religiosas: deseaba ocupar nuevos territorios en el noroeste de Europa y acabar con el control de los Habsburgo sobre el ducado danés de Holstein.
Con el apoyo de los príncipes alemanes luteranos y calvinistas, Cristián movilizó un gran ejército en la primavera de 1625 e invadió Sajonia. La expedición se encontró con poca resistencia hasta un año más tarde. Mientras tanto, Albrecht von Wallenstein, duque de Friedland, había reunido un poderoso ejército de mercenarios que había puesto al servicio de Fernando II, que hasta entonces sólo contaba con el ejército de la Liga Católica de Tilly. Los mercenarios de Wallenstein lograron su primera victoria en Dessau, en abril de 1626. El 27 de agosto de ese año, Tilly derrotó al cuerpo principal del ejército de Cristián, en Lutter. Después, los ejércitos imperiales invadieron todo el norte del actual territorio alemán, devastando a su paso numerosas ciudades y pueblos. Con Wallenstein persiguiéndole, Cristián retrocedió (1627) hasta la península de Jutlandia. La victoria total para la causa imperial se produjo el 6 de marzo de 1629, cuando Fernando promulgó el Edicto de Restitución, documento que anulaba todos los títulos protestantes sobre las propiedades católicas expropiadas desde la Paz de Augsburgo. El 22 de mayo de 1629, el rey Cristián aceptó la Paz de Lübeck, que le privaba de numerosos territorios menores en Alemania.

Fase sueca

Las victorias de Fernando, durante la segunda fase de la guerra, agudizaron el sentimiento contra los Habsburgo del cardenal Richelieu, primer ministro del rey Luis XIII de Francia. Debido a las periódicas crisis internas que sufría su país, Richelieu no pudo intervenir directamente en Alemania, pero se lo propuso a Gustavo II Adolfo de Suecia, que era luterano y que ya había recibido peticiones de los protestantes del norte de Alemania. Debido a esta circunstancia, así como por la promesa de apoyo francés y las ambiciones suecas de adquirir la hegemonía en la región báltica, Gustavo entró en el conflicto. En el verano de 1630 desembarcó con un ejército bien adiestrado en la costa de Pomerania. Los dirigentes de este estado, de Brandenburgo y de Sajonia vacilaron sobre su participación en la campaña sueca, retrasando gravemente su inicio. Mientras, Tilly, que había recibido el mando del ejército de Wallenstein, sitiaba Magdeburgo, por entonces en plena insurrección contra el Imperio. Los ejércitos imperiales tomaron y saquearon la ciudad el 20 de mayo de 1631 y mataron a un elevado número de protestantes. Gran parte de la ciudad fue destruida por el fuego, que se extendió durante la lucha y el pillaje.
Durante el verano siguiente, Tilly fue rechazado por los suecos en tres ocasiones. En la última de estas batallas, que tuvo lugar en Breitenfeld (hoy en día, Leipzig), el 17 de septiembre, Gustavo había contado con el apoyo de los sajones, los cuales rompieron filas y huyeron en la primera carga, dejando al descubierto el flanco izquierdo de Gustavo, lo que casi le costó la victoria, pero logró reagrupar sus fuerzas y derrotó a las tropas de Tilly, capturando a 6.000 de sus hombres. Tras la batalla de Breitenfeld, el Ejército sueco se trasladó al sur de Alemania para pasar el invierno. La campaña de primavera trajo numerosas victorias, destacando la del río Lech (14 de abril de 1632) en la que Tilly fue herido de muerte, y la toma de la ciudad alemana de Munich. Tras este gran desastre, Fernando volvió a llamar a Wallenstein para que tomara el mando de las fuerzas imperiales. Wallenstein reclutó rápidamente un nuevo ejército de mercenarios e invadió Sajonia en el otoño de 1632. El Ejército sueco le siguió y el 16 de noviembre atacó a las fuerzas imperiales, que por entonces se encontraban atrincheradas en Lützen (Alemania). La batalla que tuvo lugar a continuación costó la vida a Gustavo, pero al final, el ejército de Wallenstein se vio obligado a retirarse. Bernardo, duque de Sajonia-Weimar (que sucedió en el mando a Gustavo en Lützen), invadió Baviera tras esta victoria, pero durante 1633 Wallenstein llevó a cabo repetidos ataques contra las fortalezas suecas en Silesia. A finales de 1633 Wallenstein inició contactos de paz entre los círculos dirigentes de los ejércitos imperiales. Retirado del mando por el emperador bajo sospecha de traición, Wallenstein continuó sus negociaciones de paz con los protestantes. Los intentos de poner fin a la guerra le granjearon la enemistad de sus propios oficiales y el 25 de febrero de 1634 fue asesinado. Los ejércitos imperiales asestaron una devastadora derrota al duque Bernardo en Nördlingen (Baviera), el 6 de septiembre de 1634. Consternados por esta catástrofe, los líderes de la coalición protestante abandonaron la lucha. La Paz de Praga (1635), que puso fin a la tercera fase de la guerra, hizo ciertas concesiones a los luteranos sajones, modificando cuestiones básicas del Edicto de Restitución.

Fase francesa

En su fase final, la guerra se convirtió en un conflicto por la hegemonía en Europa occidental, entre los Habsburgo y Francia, que aún se encontraba bajo el liderazgo de Richelieu. Las cuestiones religiosas no tuvieron demasiada importancia en el último periodo bélico, que se inició en mayo de 1635 cuando Francia declaró la guerra a España, donde también gobernaban los Habsburgo, quienes apoyaban de forma decidida al emperador. Francia, que se había aliado con Suecia y con varios líderes protestantes alemanes (entre ellos el duque Bernardo), pudo superar rápidamente las graves dificultades que se presentaron durante la primera etapa de la lucha. Posteriormente, el general sueco Johan Banér, derrotó a una fuerza combinada de sajones y austriacos en Wittstock (Alemania) el 4 de octubre de 1636, y amenazó la posición que ocupaban los Habsburgo en Alemania. En 1636 fueron rechazadas varias invasiones españolas en territorio francés. La situación de los Habsburgo en Alemania volvió a empeorar con la derrota asestada por el duque Bernardo en Rheinfelden, el 2 de marzo de 1638. Tras estos contratiempos, los ejércitos imperiales se vieron obligados a entregar numerosas fortalezas. Entre 1642 y 1645 el general sueco Lennart Torstensson logró diversas victorias: invadió Dinamarca, que se había aliado con el Imperio, y asoló gran parte de Austria y el oeste de Alemania. Por su parte, los franceses (a las órdenes de los generales Henri de La Tour d'Auvergne, vizconde de Turena y Luis II de Borbón, cuarto príncipe de Condé) también tuvieron éxito en la mayoría de sus empresas. Condé derrotó a un ejército español en Rocroi (Francia), el 19 de mayo de 1643. Durante el mes de noviembre, los franceses sufrieron una gran derrota en Tuttlingen (Alemania), pero esa fue la última victoria de los Habsburgo en la guerra.
Los ejércitos combinados de Condé y Turena vapulearon a un ejército bávaro en Friburgo de Brigosvia (Alemania), en agosto de 1644 y el 3 de agosto de 1645 hicieron lo propio con un ejército formado por austriacos y bávaros, cerca de Nördlingen. Representantes del Imperio y de la coalición anti Habsburgo iniciaron las discusiones de paz en Münster (Alemania) y Osnabruck, en 1645, pero las negociaciones (que ante todo eran una concesión a la población, harta de la contienda) fueron infructuosas durante un prolongado periodo de tiempo. Sin embargo, cuando Baviera central fue invadida, su duque Maximiliano I firmó, el 14 de marzo de 1647, la Tregua de Ulm con Suecia y Francia.
A pesar de estos y otros reveses, el emperador Fernando III se negó a capitular. Los combates esporádicos prosiguieron en Alemania, Luxemburgo, los Países Bajos, Italia y España durante el resto de 1647. En otoño de ese año, Maximiliano I volvió a la guerra al lado del Imperio, pero otro ejército formado por bávaros y austriacos fue derrotado en mayo de 1648. Esta derrota, junto con el asedio sueco a la ciudad de Praga, el sitio francés y sueco de Munich, y una importante victoria francesa el 20 de agosto en Lens (Francia), obligaron a Fernando (que también se enfrentaba a la amenaza de un posible ataque a Viena) a acceder a las condiciones de paz de los vencedores.

Paz de Westfalia

La Paz de Westfalia, firmada en Münster el 24 de octubre de 1648, influyó sustancialmente en la historia posterior de Europa. Además de convertir a Suiza y a las Provincias Unidas (Países Bajos independizados de España) en estados independientes, el tratado debilitó gravemente al Sacro Imperio y a los Habsburgo, supuso el surgimiento de Francia como principal potencia del continente europeo y retrasó la unificación política de los estados alemanes.
Las consecuencias económicas, sociales y culturales de la guerra fueron muchas, siendo los territorios alemanes las víctimas principales. Las estimaciones actuales sugieren que la población total del Sacro Imperio disminuyó entre un 15 y un 20%. Las zonas rurales, a diferencia de las ciudades fortificadas, fueron las que más sufrieron. Salvo en las ciudades portuarias, como Hamburgo y Bremen, la actividad económica decayó en todos los estados alemanes. La incertidumbre, el miedo, el caos y la brutalidad marcaron la vida diaria y permanecieron en la memoria colectiva alemana durante siglos.
Aunque la Paz de Westfalia marcó el final de la guerra de los Treinta Años como conflicto europeo generalizado, el enfrentamiento entre Francia y España, agudizado desde 1640, fecha en que Francia alentó la Rebelión de Cataluña contra España, no finalizó hasta 1659, en que ambos países firmaron la Paz de los Pirineos.

25/09/2006 GMT 1

Alatriste

markuswaldstein @ 22:35

He visto cosas que no creeríais...

He visto encamisadas en los helados páramos flamencos del siglo XVII en las que se la jugaban cuatro bravos para inutilizar la artillería del hereje. Y zapa y mina de fortines en los asedios de la eterna joya, la Breda de las peores pesadillas imperiales. Una zapa plasmada en toda su crudeza de caponeras inhumanas, cuidada la escena al mínimo detalle en la impedimenta, y en la impostura del soldado viejo español, y en la premura por salvar al compañero de pulmones atiborrados de azufre entre el lodo, el barrizal y los ojos rojos como puños, todos pugnando por abandonar las entrañas de las siempre terribles trincheras de aquel y de todos los campos de batalla.

He visto allí retratado, como nunca lo viera en pantalla alguna, a ese hombre hastiado de la paga magra o inexistente por culpa de reyes y ministros ruines, o del botín siempre pospuesto por la ladina actitud del flamenco, del alemán luterano, o del calvinista retorcido, que siempre se rendían cobardemente para evitar tan preciada soldada mercenaria después de haber llevado a la penuria al estoico soldado, antes hidalgo en el trato, que salvaje en la guerra, por mucho orangista que haya querido reescribir nuestra Historia y cambiar el peso de nuestra huella en Europa (no por nada, sino porque aquí no hemos tenido los cojones de hacerlo hasta hace bien poco – véase el ejemplo - permitiendo que fuera el hereje del norte o su primo, el francés avezado y el séquito de tanto cardenal infame, quien lo hiciera a su antojo y siempre desde su particular punto de vista).

He visto con estos, mis ojos, al Madrid viejo de aquel siglo enorme y silenciado por la más oscura de las ignorancias, las del miedo a glosar los grandes tiempos de un país de mingrafias y arribistas. Deambulé por la Sevilla indiana y, de regreso a aquel Madrid de vericuetos y penuria, de sombras de Inquisición y de cuchilladas a degüello ligero por un voto a lo que se terciara, he paseado de la mano del mismísimo Quevedo cojeando por callejas y covachuelas (impagable el retrato del maestro Echanove). Tanto y bueno como el del rey inútil, que poco o nada habla, pero que se ha caído de un perfecto cuadro de Velazquez. Y, sobre todo, el de un incomparable Camara, - sorprendente, palabra -, metido tras las barbas del válido de aquel patán con corona del cuarto de los Felipes. ¿Quién me hubiera dicho que tan acertadamente llevaría desde su gloria a su caída este estupendo actor que encarna al Conde Duque, tirano o maestro de las riendas, al que la Historia comienza a dar por fin una segunda lectura más sosegada y coherente con la época y la épica que le tocó vivir?

Y de la mano el corazón encogido me han llevado las historias de amor trágico, imposible, entre las buenas gentes que nos ha legado esa historia de claroscuros. Con estas historias y con las mujeres que en ellas amaron o que, más bien, se dejaron amar: actrices y meretrices, amas de llave, de alma y de estoque. Dueñas todas ellas de corazones erráticos en pecheras de hombres perdidos, obnubilados por ese gesto eterno que a todos nos lleva al más dulce de los infiernos en más de una ocasión: la sonrisa esquiva de una belleza que nos nubla la razón, o el desdén de esa misma sonrisa al pasar de su carruaje, o en el palco del viejo teatro del pueblo, o en el momento de servir la que puede ser la última hogaza y el último trago. Un gesto ladrón que hurta almas a los que van a morir porque así se lo dicta la aparentemente estúpida esencia de algo llamado honor; eso que se cruza entre las gentes sencillas y humildes y que tienen como propiedad final y única.

Mención en punto y aparte, - de nuevo memorable (me importa los peajes que hayan tenido que pagar los/las que han llevado a buen puerto este proyecto impagable, de veras, para nuestra Historia, la de las mayúsculas) - de la mujer que se sabe envejecer sin la protección del hombre en una época en la que el hecho de serlo ya era, de por sí, todo un canto al heroísmo. Una más, una de tantas mujeres, que sucumbe y sucumbirá a su particular y lúgubre covacha del hospital de sifilíticas en el cual, al fondo, se adivinan esas otras compañeras de tristeza y final, tejiendo en su silencio solemne la bandera del próximo tercio que guerreará para mayor gloria de los siempre responsables finales de esa sífilis, de aquel abandono, de ese exilio de lepra olvidada: esos reyes y otros anexos nobiliarios o clericales que siempre se pasaron por la piedra a las humildes gentes que tejen y mueren, una y mil veces, muriendo y tejiendo, tejiendo y muriendo, las mortajas de esos mantos destinados en forma de bandera a aquellos que pronto emprenderán su particular cruce del último río, para mayor gloria, precisamente, de esos mamarrachos que siempre guiaron a nuestro pueblo: el estandarte de un tercio. Estóicas Penélopes de los Ulises españoles, siempre tejiendo en estos nuestros destejidos.

Pero lo que raya lo sublime (y es lo que más criticado he visto) ha sido ese momento final, esa batalla a golpe de solemne saeta que - para aquellos que no han profundizado en la época y que además desconocen lo que debe de ser el trago de ver que sólo te queda la dignidad frente al que va a hundirte en la última miseria, la de morir en el campo - no han comprendido en su más mínimo detalle que los tercios españoles no actuaban como las jodidas hordas de orcos que perseguían los que pensaban leer/ver a Tolkien en una producción con billetes del cine español. Aquello, un tercio, español o europeo (remedo del primero) eran 1500 hijoputas con un par de cojones - acepción castiza donde las haya, ambas: la de las partes en juego, y la de la que recuerda a la madre para decir que ya andaban curtidos los buenos mozos; no sea que se me soliviante el gremio por sentirse aludido y/o aludida y/o aludide J - y que no serían ya más de 400 al caer ese mediodía puesto que ya pasaban unas horas de recibir la tralla del cabrón del francés de turno a solanas. Pero, sobre todo, porque italianos y demás que los acompañaban en Rocroi se dieron el piro cuando se vieron a los mosqueteros venírseles encima con las corazas brillantes. Reitero lo de brillantes, y mucho: las armaduras de los del infame cardenal Richelieu (sí, el de las películas de Hollywood y el del que nos la clavó, como tantos otros, por donde amargan los pepinos), pero brillantes, brillantes, brillantes, digo. Inmaculadas ellas, oye, y con poca mella y/o rasguño, sobre todo porque ya habían dejado que flamencos, ingleses y demás herejes europeos se la estuvieran clavando torcida durante un par de siglos largos a esa misma amalgama de españoles de pura cepa. Oh, sí, pura cepa, sobre todo, porque aún no había nacido el que hablara de independizar su rellano de escalera allá por la piel de toro... aunque todo se andaría, que para eso se la pintan calva.

Y que se yo: la gente critica al maestre por ir en palanquín (y dicen que si es el de los hombres de Paco... claro, y De Niro es el jilipollas fascistoide de Los Padres del Novio y es el cabronazo de Taxi Driver… pero eso no se critica, snif). Quizá porque desconocen que así acudían al centro de su formación aquellos que aún heridos hasta en la higada o impedidos por la gota o podagra (enfermedad de los gentiles y demás caterva) o por el sifilazo de rigor, tenían los solemnes cojones de plantarse allí a dirigir y enardecer o morir con su tropa, tal cual hizo el menda allá, en la chorrada de Rocroi, que fue la primera perdida, pero no la última. O que aquello era un secarral; quizá porque querían ver a Alatriste o a su primo bajarse los jubones y enseñar el culo pensando que andaban por Escocia, o por la Tierra Media... o por que si plantas un secarral, aunque allá por Rocroi estuvieran en flor las hierbas medicinales y los girasoles, quizá consigues que la sensación de soledad y orgullo de aquellos hombres todavía quedara más remarcada en la tremenda enredada de picas y la memorable desjarretada de esos chicos, coseleros ellos, cortando los tendones de los franceses enredados contra sus compañeros. Y la polvareda, y los muchachos corriendo navaja en mano a cuatro patas, corta, clava y sal corriendo... para que algunos recuerden que la guerra, cuando es guerra, es mierda, y polvareda, y sangre, y o que tu tajas primero y/o te tajan a ti, y aquí paz (poca) y allá la gloria de todos sus muertos.

Y sí, porqué no; vi sonreír a la gente cuando el capitán que negocia, o el bueno del labriego metido a desjarretador, o el mismo Alatriste, se encogen de hombros y dicen: “Psssse, estás hablando con un tercio español”. Pero era un sonrisa amarga, casi nerviosa, la de la gente madura que me rodeaba en la sala, pues todos sabemos (unos más en el fondo que otros) que el mejor de los humores es aquel que es capaz de arrancarnos la sonrisa en la peor de las situaciones: en el caso que nos ocupa; el humor amargo del que asume el papel que le toca cuando los mierdas y los que no suelen mojarse han salido pitando, y te toca a ti defenderles la frontera, la casa, la familia, y lo que magramente cubra algún día la paga prometida que nunca llegará.

Así que la crítica que leo - tan crítica y tan española ella: del no hacer nunca pero largar del que tiene los cojones de hacerlo - en vez de ensalzar el producto patrio y dejarse de buscarle las tres vueltas a las pernadas pagadas por el que ha aflojado la pasta de dicho producto (que haberlas, hailas, claro, que para eso es producto patrio), - digo y retomo-, que las críticas leídas y oídas me las paso todas ellas por la frase memorable del alguacil madrileño y azuzado por la amenaza, tan española también, de ser acusado de cornudo: "¿Por qué siempre nos acabamos matando entre nosotros?"

Cerrando bandera pues, rollazo que les he endilgado en ristre, y sonando al fondo saeta y resultado épicos, salí de una sala de cine diciendo: ¡Por fin he visto algo así en el cine español! Sí, todo esto lo he visto, orgulloso, reconociendo que han sabido recordarnos que nuestros primos lejanos y ancestros varios tuvieron un pasado memorable y, por primera vez, propio... y lo he visto Made in Spain en cine Made in Spain que espero que pasee bien lejos la etiqueta Made in Spain (ya irán a hacerse las fotos los de siempre, según vean por donde sopla... aunque, como siempre, les deseo que les sople en plenos morros).

Sea pues; espero, aprovechando el arranque cinematográfico inicial y plagiado, que todas estas perlas no se pierdan como lágrimas derramadas por la lluvia.

22/09/2006 GMT 1

Sobre infamias y asesinos sin cuartel (La Muerte de Wallenstein)

markuswaldstein @ 12:53

Poco o muy poco sé hoy acerca del asesino de mi tío Albrecht, el infame traidor Walter Deveroux, discípulo aventajado, desde luego, en el oficio mercenario al mejor postor. Algo, quizá de sus secuaces. Es más, tampoco se encuentran, lógicamente, documentos que acrediten la orden directa del igualmente infame emperador, aún cuando todos lo señalan sin discusión como el poder decisorio (sí, bueno, vale, quizá amparado en la excusa de la presión de príncipes y demás nobleza al uso que veía en el Duque de Mecklemburgo y Fridlandia toda una amenaza a la poltrona).

Abierto queda pues este Tema...

Sobre los primeros tiempos, los primeros estudios y las primeras sangres (Los Origenes de Wallenstein)

markuswaldstein @ 12:45

No cursamos estudios bajo la tutela de los jesuitas, tal como muchos en esta corte aseguran. No niego que en los años de gira por España (por mucho que algunos otros se empeñen, tanto mi tío Albrecht como yo, su fiel servidor y familiar lejano, estuvimos allí) y los primeros días por tierras italianas, nos impregnaron y marcaron con su saber, por mucho que hoy se persigan sus liberales enseñanzas.

Mas no, definitivamente, nuestros primeros estudios alemanes fueron sufragados por nuestro tío común, el bueno de Von Zierotin, que no hubiera permitido, perteneciendo como pertenecia a los Hermanos, el que no recibieramos instrucción latina y alemana y, por definición, luterana.

Escribo desde los albores del turbulento siglo XVII y los finales de la vieja Europa del XVI, y Albrecht contaba por entonces con catorce primaveras...

 

En el principio...

markuswaldstein @ 12:44

Llegó desde más allá del hielo, surfeando sus surcos imposibles de luz y lisergia digital, ciego de datos derramados como lágrimas de mercurio en las que se reflejaba un rostro que no reconocia.

- ¿Hay alguien ahí? - susurró.

Tan sólo esa; una pregunta eterna que todos lanzan alguna vez en su vida, cual botella al vacío, en un intento inútil por eludir la inmensa soledad de lugares así. Vano intento, aún siendo como lo es, eterno y circular. Nacer y morir; puro tránsito.

Por eso allí no había respuestas; sólo el silencio, solemne y sobrecogedor.

Cataratas de cromo y bloques inconmensurables, indefinidos, de aristas cortantes y cambiantes como baños de oro líquido, desfilaban a uno y otro lado a velocidades de vértigo y pura catarsis. Nada era pero todo permanecía, se sabía allí, quedandose atras, aún cuando ya no pudiera verse si se giraba la vista hacia el final que no existia ni arriba, ni abajo, ni a diestra o siniestra. Miriadas de datos, eónes de recuerdos, todo compartimentado y virtualizado. Y la soledad.
El frío.
El silencio.
Inmensos, matemáticos, solemnes y todos, absolutamente todos, esculpidos en puro hielo y vacío.
Frío antártico.
Hasta el fundido a negro...

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